10.7.10


4- Música, Gimnasia y Filosofía, los tres modos fundamentales del desarrollo.


La música desarrolla la sensibilidad, la gimnasia la corporalidad y la filosofía la intelectualidad. Las dos primeras enseñan el equilibrio, la armonía, la paciencia y la disciplina necesarias para abordar con humildad y respeto la tercera, al tiempo que abonan el terreno sobre el que se asienta el pensamiento. El pensamiento no puede asentarse sobre una sensibilidad embotada ni sobre una corporalidad enfermiza y angostada, de ahí que todas las labores humanas que embotan la sensibilidad y arruinen el cuerpo sean trabajos a los que los griegos, nuestros principales maestros, consideraron siempre como propios de esclavos y no de hombres libres. Lo divino que hay en el hombre son esas semillas por desarrollar.


"¿Qué gobierno supremo, qué magistratura, qué reinado puede ser más excelente que el de quien, despreciando todo lo humano y considerándolo indigno de la filosofía, no medita más que en lo sempiterno y divino, y está convencido de que aunque los otros hombres puedan llamarse tales, sólo lo son realmente los educados en las humanidades?" (Cicerón República, Libro I, 17, 28-29).


Componer música (arte), realizar nuevos movimientos corporales o hacer teoría científica o filosofía, son las tres pruebas fundamentales del haberse desarrollado. Son, esencialmente, resultado, resultado de un laborioso trabajo, del menos vil de los trabajos, del trabajo de la consecución de la areté, de la labor de la excelencia. La capacidad teorética, la sensible y la práctica son un resultado que se convierte en un nuevo comienzo en un nivel superior, en un proceso de retroalimentación que nunca culmina. Pero un desarrollo unilateral, como el especialismo para la profesionalización, exclusivo fin de nuestras escuelas actuales, no equivale a progreso en general, ya que sólo se puede avanzar en todos los frentes a la vez. De ahí que el nivel del progreso en particular sea siempre más alto que el nivel del progreso real, esto es, general. Ello nos hace comprensible que un profesional de nuestro tiempo, aparentemente un triunfador, desde el modo vulgar de considerar el éxito, pueda ser en la realidad un infrahombre, como nos lo demuestran a diario muchos de nuestros conciudadanos, en la televisión, en los certámenes futbolísticos, en los centros de consumo conspicuo, en todos los lugares y escalas del espectro de la sociedad del dinero.

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