10.7.10


7- El pugilismo como ejemplo particular del agonismo educativo en general.


El pugilismo es un buen ejemplo de agonismo y es en el agonismo deportivo y corporal donde mejor puede verse la relación entre la rivalidad entre semejantes y la virtud. Los certámenes atléticos, poético-musicales, teatrales, sofísticos y filosóficos centraban la vida del pueblo Griego, en el deporte su máxima expresión se daba claramente en las tres modalidades de lucha sin armas: pugilato, lucha y pancracio, además de en las otras modalidades deportivas, orientadas todas ellas a la guerra y a la defensa de la libertad frente a la esclavitud.
Hay que distinguir entre entrenamiento y competición al hablar del agonismo griego. El entrenamiento puede hacerse y es favorable que así sea con alguien que esté un poco por encima del nivel que se tenga, de ese modo el superior siempre puede aprovechar para su ejercicio de mantenimiento al inferior y el inferior progresará al ver la meta cercana. Cuando un maestro entrena con un novato, el primero se aburre y pierde el tiempo, mientras que el segundo no puede aprender nada por estar muy por encima y muy lejano, el nivel del primero. Los maestros sólo deben enseñar a los mejores, porque tienen la maestría, que los mejores están a punto de alcanzar.
En la competición nadie pondrá en duda que los contendientes tienen que ser semejantes, ya que de lo contrario, el púgil superior proporcionará una soberana paliza al púgil inferior, y nada se aprende de boxeo por hacer el papel de saco, aunque para los espectadores que no conozcan a fondo el espectáculo pueda ser mayormente espectacular una paliza que el equilibrio entre iguales de gran nivel. Es más vistosa a un neófito la paliza que puede dar un ajedrecista avezado a quien no domina el juego que un encuentro entre campeones del mundo o maestros.
Se dirá que el entrenador muchas veces no es un semejante, sino que lo ha sido, lo cual quiere decir lo mismo, ya que si por la edad y no por desidia y abandono, se pierde vigor corporal, no por ello se pierde lo que se adquiere a través del vigor corporal. El entrenador físico entrado en años, el excampeón pugilístico, puede ayudar a los que quieran llegar al nivel que él conoció y conoce, dirigirá entonces su entrenamiento, aunque ya no entrene con ellos.
Por suerte el vigor intelectual es mucho más duradero que el corporal y el maestro siempre podrá llegar a competir con sus discípulos, devenidos maestros ellos mismos, como con iguales. El mejor discípulo de Sócrates fue Platón, el mejor de Platón Aristóteles, el mejor de Husserl fue Heidegger, todos ellos rivalizan en la maestría de la filosofía, juntos cuando pertenecen a la misma época, a través de los siglos, cuando no son contemporáneos. Sin embargo suele haber algo erróneo en muchos maestros, algo que pone en duda incluso su condición de tales, pues muchas veces, en lugar de alegrarse de que su discípulo se haya convertido en maestro y haya llegado a rivalizar con él, lo experimenta como una traición, ya que antes le seguía y ahora vuela por sí solo y se le enfrenta. Pero esa actitud denota un fallo en el maestro, ya que si bien la actitud del discípulo novato o del niñato, que pretenden saberlo todo sin trabajar nada, resulta detestable, la actitud del maestro que, tras largos años de haber dedicado tiempo al discípulo, viendo su crecimiento, no acepta gozoso que el pupilo vuele por si sólo y ya no necesite más entrenamiento sino mucha competición, comete una falta a la que el maldito mesianismo somete a veces incluso a los mejores, la de no querer iguales. Pero eso pasa por falta de ejercicio, ya que el maestro acostumbrado a frecuentar maestros no se apenará de contar con uno más y ahora ex discípulo, mientras que el maestro acostumbrado a los adolescentes, al tiempo que pierde la ocasión de mejorar su maestría, se estanca y se envilece, pierde la perspectiva de la igualdad y, de tanto estar tan por encima de sus pupilos, se desacostumbra y ya no admite ni la rivalidad ni su propio progreso.
Cierto que hay también entendidos en la materia, y muchos que quieren pasar por tales sin serlo, esto es, charlatanes, ya que los griegos no sabían todos ellos componer tragedias (aunque desde la niñez se habían ejercitado en contemplarlas y en componerlas) y, sin embargo, eran unos extraordinarios jueces de las tragedias. Pero es que el árbitro de una competición, aunque sea necesario que sea un practicante aficionado de la actividad en la que se compite para poder valorarla o juzgarla en su mayor o menor estimación, no tiene que ser un experto competidor él mismo, para poder darse cuenta de cuando un contendiente es mejor que otro. El árbitro puede ser un aficionado, pero no solamente a la contemplación, como en nuestros días, sino a la práctica de aquello que ha de juzgar. Contra más lejano al de los contendientes sea el nivel del propio árbitro peor será su juicio, ya que en rigor, uno sólo puede ser juzgado por sus semejantes o por quienes estén por encima.
Sólo la miseria de tener que ganarse la vida de ese modo ha obligado en nuestro tiempo a que los maestros tengan que ocuparse de la educación de los adolescentes, cuando bastaría un joven un poco más maduro para educar a los adolescentes, o un adulto que no fuese un maestro, bastaría (y de hecho basta) una calificación ligeramente superior a la que se exige, siendo contraproducente la mayor distancia. Resulta claro que todos los maestros que pueden, dejan a los novatos en manos de un aprendiz avanzado y se consagran a la enseñanza de los mejores, de quienes empiezan a ser sus semejantes, y quienes no hacen eso, o bien no pueden escoger o en realidad no son maestros. Aquel adulto que dice que lo que a él le gusta es enseñar a los niños no es un maestro, no tiene maestría, sino que cuenta con bondad, amabilidad y poco seso, su nivel científico es muy pobre. También todos los mamíferos son pacientes y amables con los cachorros.
Cuando se piensa que el mejor profesor de un niñato es el más sabio, el maestro, se atiende a una mística espiritualista del todo quimérica, la de que aquél que conoce lo más profundo es quien está mayormente capacitada para transmitir la magia de la ciencia a través de la enseñanza de lo más simple. Un árbol robusto no crece en un terreno que no ha sido previamente abonado y regado, por muy sabio que sea el agricultor que plante la semilla.
De la nada, nada puede surgir.


Simón Royo Hernández
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