2.7.10




La cultura posmoderna


La cultura posmoderna es una reacción cultural unilateral frente a las unilateralidades de la Modernidad. Lo posmoderno se caracteriza por un humanismo sin tragedia, el fin de la idea de progreso, el final de la historia, el éxito del hedonismo y el nihilismo, la eliminación de los imperativos categóricos, el imperio de la débil, lo light, el triunfo del individuo indiferente y lo irracional. La saga posmoderna tiene su antecedente en Nietzsche, el cual proclama el comienzo de la época del nihilismo y la desvalorización de los valores supremos. Pero fue Georg Gadamer el que sentó las bases de la hermenéutica posmoderna, que afirmó que no es un método para hallar la verdad objetiva, sino que la manera de decir las cosas es más importante que la posesión de las verdades. Sin embargo, también Dewey, Wittgenstein y Heidegger contribuyeron con el pensamiento posmoderno rechazando la epistemología y la metafísica como disciplinas posibles. Por su parte, Sellars, Davidson y Feyerabend dan pasos en el mismo sentido, porque dejan que cada ser humano se construya su propio mundo o paradigma, su propia práctica o juego lingüístico. Se abre paso paulatinamente un anarquismo epistemológico cuya única regla es “todo vale”. Las fronteras entre epistemología y hermenéutica dejan de estar delimitadas por el conocimiento objetivo, para que en su lugar se instauren las normas de investigación. A partir de aquí, ya solamente existe un pequeño paso para declarar las exequias del sistema de la ratio, con todas las verdades absolutas, y proclamar un amanecer posmetafísico planetario. Leyendo a los posmodernos (Lyotard, Lypovetski, Baudrillard, Vattimo, etc), que asocian la verdad objetiva con la violencia, se tiene la impresión de que la modernidad ha sido tan sólo una historia de genocidio, intolerancia, holocaustos y ejecuciones.


No sería aventurado afirmar que la filosofía posmoderna remonta sus presupuestos últimos a lo más característico de la filosofía moderna, a saber, el Empirismo. En la filosofía hermenéutica posmoderna al igual que en el Empirismo no hay metafísica, no hay trascendencia, sobretodo no hay ideas inmutables y eternas. Todo queda relativizado en función de espacio, de tiempo, de lo humano, a veces demasiado humano. Como en el nominalismo el sentido interpretativo adquiere hegemonía sobre lo universal, inteligible, ideal, el individuo sobre lo universal, el tiempo sobre la eternidad, el querer sobre el deber, la parte sobre el todo, el poder sobre el derecho. La filosofía hermenéutica posmoderna rechaza de este modo un lado de la modernidad, esto es, la filosofía racionalista, obviamente no en su valoración de lo temporal e histórico sino en su admisión de los objetos eternos y de Dios como principio metafísico; pero representa el pináculo y el apogeo de un modo de pensar antiplatónico que se entronca con el otro lado de la modernidad, la filosofía empirista, para la cual la experiencia sensible lo es todo, ella y sólo ella decide lo que es verdad.

Naturalmente que la exageración de las tesis empiristas por la hermenéutica posmoderna afecta a la propia comprensión de la experiencia, la lleva a la liquidación inclusive de toda verdad y la eliminación del sujeto culpándolo del discurso del poder. Al debilitar el principio de realidad y convertir los contenidos en meras imágenes, donde lo virtual produce lo real (Baudrillard), deriva hacia una ontología del crepúsculo donde “todo vale” (Vattimo) y produce la disolución de la estabilidad del ser en el instantaneísmo del evento. La experiencia de los posmodernos ha sido despojada de todo substancialismo material para quedarse sólo con el subjetivo dato interpretativo en el impresionismo ontológico radical del puro devenir. Su punto de partida es falso, porque si la realidad es tan sólo un fluir, en el que todo momento es singular e irrepetible, sin que se dé en absoluto nada uniforme, entonces será imposible comprenderla, a no ser que la realidad contenga algo permanente por encima del puro devenir. A la filosofía posmoderna es mejor apellidarla como neosofística, pues se trata de un nihilismo que emerge del nominalismo y del empirismo y que naufraga en un infecundo juego de palabras sin substancia.


Justamente por esto lo más preocupante concierne a la configuración antropológica de la cultura posmoderna. El hombre posmoderno e Hiperimperialismo son dos fenómenos asociados íntimamente. El hombre posmoderno es un tecnólatra-cientista sin utopía social, telepolitas domésticos, cibernautas conectados con prótesis tecnológicas dentro de un espacio egocentrado que liquida la autoconciencia humana. Devorado por la sociedad del espectáculo el hombre posmoderno es de conversación ágil, pero de espantosa escritura y una nulidad en lectura. Francis Bacon decía que:”La lectura hace al hombre completo”. Pues bien, el hombre posmoderno en un carpe diem estetizante, cínico y ramplón no lee más que e mails y chateos escritos en una jerigonza primitiva y cavernaria. El posmoderno necesita como corolario al pensamiento débil, cuya adquisición no requiere gran esfuerzo -a diferencia de la razón- y así hace frente con el talante de la indiferencia y de la lógica amoral a las miserias de la sociedad hiperimperialista.


El hombre de la modernidad todavía conserva los ideales de Verdad, Justicia y Razón; pero el hombre anético de la posmodernidad o modernidad tardía tiene todo ello por metarrelatos, no oscila, se queda como una cuasi-cosa en la simple individualidad psicofísica. Es por excelencia el hombre sin Absoluto, sin la dirección del espíritu se despersonaliza en un ímpetu demoníaco que orilla a la humanidad en la demencia subjetivizadora. La barbarie posmoderna sostiene que el propósito del hombre no es trascender espiritualmente hacia valores absolutos, sino vivir en función del placer, el éxito material y el dinero. La vida muelle y sibarita, el sexo y el dinero, la erotomanía, la ludopatía y la existencia etílica son su divisa. Todo vale para las masas sin metas heroicas ni ideales, exhibiendo orondos y lirondos el fracaso de su Yo interno sin saber que la verdadera felicidad se encuentra en la solidaridad y comunión con el prójimo. Se vive en una especie de presente perpetuo, los deseos sustituyen a las esperanzas futuras, la experiencia se deshistoriza en una vivencia del instantaneísmo temporal que produce una catástrofe de la memoria y el vacío de la historia. La temporalidad instantánea de reducción a la nada anula la certidumbre de los hechos, “no hay hechos sino interpretaciones” (Vattimo). En este amanecer posmetafísico planetario se produce el eclipse de toda profundidad junto a la liquidación total de toda Verdad objetiva, periclita el reformismo moderno la autoconciencia humana degenera en la instauración del mundo neutro moralmente. El espectáculo aburrido de una sociedad del presente discontinuo prolifera con los superficiales yuppies hedonistas y la sociedad de neón. El posmoderno se resuelve en una explosión hedonística de complacencia, comodidad y goce material. Sujetos mediumnizados entre la estupefacción mediática viven, pues, de puro usufructúo. Si existe algún compromiso, es con su puntual especialización profesional pero desvinculada de toda solidaridad social.

Un Carpe Diem estetizante, cínico y ramplón preside el Apocalipsis del espacio egocentrado, donde masas babélicas indiferenciadas liquidan el principio de realidad o la realidad contextual a favor de la realidad discursiva o textual. La reivindicación de la libertad y espontaneidad, capilaramente extendida desde los adolescentes que experimentan el sexo sin preocupaciones anticonceptivas, o los jóvenes gerentes llamados yuppies, fríos, maniqueos y pragmáticos, hasta los magnates y dueños de las monstruosas megacorporaciones, que nadan desde sus campanas de cristal en poder, éxito, sexo y dinero, reivindican la libertad sin los límites morales que impone la razón práctica, y este esquema se convierte en el nuevo credo disolvente de la espontaneidad humana. “La Libertad sin Justicia” del espectáculo posmoderno capitalista ha tomado el lugar de “la Justicia sin Libertad” del modernismo comunista.


¿Pero qué es la posmodernidad considerada humanamente? No es una actitud eminentemente intelectual dirigida a las minorías, sino que es un postura primordialmente vital, que manifiesta una decidida tendencia a lo cismundano, privilegiando una visión del mundo presentista, en donde todo está en acto. Sin fe en poder entrar en la vida perfecta transmundana, cree hacerla en la cismundana, contentándose con vivir la suya sin perturbadoras ideas metafísicas. La idea del alma está muy de sobra en este esquema mental posmoderno. Y tenía que ser así, por cuanto tener alma es tener memoria y en consecuencia es tener historia; pero la historia es tiempo y el posmoderno en tanto que suprime la nostalgia y la esperanza también lo hace con el pasado y el futuro. Posmodernidad equivale a disolución de la conciencia normativa.


Como Marx, Freud y Nietzsche, llamados por P. Ricouer los “filósofos de la sospecha”, los posmodernos se adhieren a la crítica del amor universal con el argumento que el amor a lo próximo tiene más valor que el amor a lo lejano. Aquí el término amor resulta sinónimo con la unidad de los seres humanos, sin relacionarse a la unidad cósmica del concepto romántico. Se trata del mismo amor profano de Sartre como proyecto de realizar la unión del yo con el otro, pero con el contraste de servirse del medio dialógico y el respeto de las diferencias. Levinas en una defensa cerrada de la subjetividad y una crítica frontal a la totalidad sostiene que lo infinito se produce en una relación del yo con el otro y Dios es ese Otro que excede al pensamiento. En cambio, el amor despojado del carácter de infinitud se da en R. Barthes quien se dirige hacia la subjetividad presunta, Rorty niega la autoconciencia con un pragmatismo irónico y Vattimo seculariza la razón metafísica arrancando a la subjetividad humana de cualquier relación con el Otro radical que es Dios. Lo que profundiza la alienación de las relaciones existenciales.


Habiendo desarraigado de su alma el sentido de lo divino, deja de experimentarse como criatura, como Hijo del Padre, haciendo innecesario recuperar la esperanza por un Paraíso Perdido. Y al dejar de preocuparse en ser igual a los dioses, no se desgañita ni desvela por la nostalgia de la Edad de Oro. En su lugar, deposita su confianza en las maravillas de la revolución tecnológica, que le traen bienestar y comodidad. Confianza, en vez de esperanza y nostalgia, es lo que encierra su solipsismo vital. Una confianza distinta a la sentida en la época moderna, pues ésta no estaba carente de voluntad de emancipación política ni del sentido del progreso; por ello se trata ahora de una confianza en lo inmediatamente útil, aplicativo y rendidor, en una inmanencia virtual y especulativa sin antagonismos. La conciencia normativa se ha desmoronado.


De modo que, en medio del horizonte retórico de la Verdad la misión del EDUCADOR en la era anética de la posmodernidad globalizada es devolverle al hombre no sólo lo humano, pues el hombre está llamado a algo mejor que una vida puramente humana. Hay oponerse al ficcionalismo escéptico de la realidad y de los valores, refundamentarla metafísicamente y en el sentido antropológico del hombre como criatura, lo cual permite recuperar el diálogo con lo Absoluto, y cuya pérdida es causa primordial del desvarío subjetivizante de la cultura occidental.


1 comentario:

beatriz dijo...

ES UNA EXCELENTE REFLEXIÓN,SOBRE NUESTRA SOCIEDAD. SI ME PERMITEN ,LA UTILIZARÉ CON MIS ALUMNOS FUTUROS PROFESORES.ATENTAMENTE
BEATRIZ DOMINGUEZ