2.7.10


La globalización neoliberal


Sin eufemismos ni tecnicismo económicos hay que afirmar que la Globalización neoliberal de la última década es un fenómeno nuevo, al que antropológicamente se le puede denominar como el triunfo del hombre anético, y económicamente como el triunfo del Hiperimperialismo. El hombre anético es el que enarbola la falsa insignia del sujeto libre, pero que en realidad nos conduce hacia la idea de libertad en su forma más abyecta, a saber, separada de la organización justa de la sociedad. Antropológicamente la globalización encarna una individualidad mutilada, porque vive indiferente a la desvinculación de la libertad con la justicia. Económicamente se trata de una nueva era de los monopolios megacorporativos que gozan de la gran autonomía del capital transnacional, su hegemonía real ya no corresponde a ninguna potencia nacional en particular, sino a las megacorporaciones estatales privadas.


Se trata de un proceso de acumulación de capital que ya no se sustenta en la concentración de la producción y sí más bien en la especulación financiera, siendo así que la ruptura de la simbiosis entre el capital bancario y el capital industrial se convierte en emblemático. La globalización viene a ser sólo una de las características del supercapitalismo en una nueva fase evolutiva posterior al imperialismo y que encarna la metamorfosis del capital monopólico en capital megacorporativo post-estatal. El capitalismo que se ha globalizado en las últimas dos décadas del siglo XX y que impone su dictado en los albores del siglo XXI no es el típico capitalismo liberal o de libre competencia, con su explotación colonial en el mundo; tampoco es el capitalismo monopolista de organización regulada por el Estado, también llamado “imperialismo de los trusts” por Lenin o capitalismo tardío por Weber y la escuela de Frankfurt; sino lo que tenemos enfrente es una nueva mutación del capitalismo monopólico en capitalismo de las megacorporaciones privadas, cuya legitimación no necesita de las aduanas de los Estados-nación que ahora son rehenes de aquellas.


El desmoronamiento del socialismo autoritario y la conformación de un mundo unipolar fueron las principales causas políticas que precipitaron el tránsito del capitalismo imperialista, que se sustentaba en la soberanía de los Estados-nación, hacia una fase nueva superior denominada hiperimperialismo. Si el imperialismo se caracteriza por el reemplazo del capital de libre concurrencia por el capital monopolista, ahora se caracteriza por el reemplazo del capital monopolista por el capital megacorporativo descentrado y especulativo. El hiperimperialismo muestra la capacidad de adaptación del capitalismo contemporáneo y señala el término del capitalismo imperialista, ahora se trata del desarrollo de un aparato económico-político desterritorializado y descentrado que no conoce fronteras y que impera en la tierra entera.


El megacorporativismo post-estatal capitalista rebasa los paradigmas del pensamiento político del siglo XX: nacionalismo, socialismo y liberalismo, pero lo realmente novedoso es el desarrollo de la nueva forma de soberanía de las megacorporaciones privadas, el poder megacorporativo sin fronteras, el declive del Estado-nación, el carácter especulativo y no productivo de los mercados financieros, la acelerada desproletarización de la fuerza laboral, la extinción del trabajo o la no producción de empleos, la desmaterialización de la producción, el aumento astronómico de la riqueza especulativa, el paso de la geopolítica a la geoeconomía, la colisión de las nuevas tecnologías con la necesidad de crear puestos de trabajo, el desarrollo de formas post-industriales de trabajo y de producción que rebasan el poder de los Estados-nación incluso los más poderosos, la agudización de un estilo de vida antiecológico, aumento de la miseria y exclusión social, el peligro de crecimiento de fenómenos totalitarios en el seno de la democracia misma que amenazan con su destrucción y el arrinconamiento al que son precipitadas las identidades culturales. Pero sobretodo es el desdichado triunfo antropológico del hombre anético.


El supercapitalismo globalizado es esencialmente todo esto, pero además es algo que casi siempre se pasa de vista: su efecto sobre el hombre. Ya Erich Fromm en su momento había señalado que las condiciones económicas de la sociedad industrial moderna, y no la educación que sólo es trasmisora, es la causante de las perturbaciones de la salud mental, porque si bien el capitalismo ha cambiado sin embargo un hecho se mantiene imperturbable: que el hombre deja de ser un fin en sí mismo y se vuelve en un medio para un gigantesco mecanismo económico impersonal. Lamentablemente no podemos decir exactamente lo mismo que Fromm bajo el hiperimperialismo por dos razones: el fenómeno de la extinción del trabajo, que de coyuntural se ha tornado estructural, y las nuevas tecnologías, las cuales hacen que el hombre no sólo deje de ser un fin en sí mismo, sino que incluso haya dejado de ser un medio para el gigantesco mecanismo impersonal que lo enajena. Esto es, que bajo el hiperimperialismo el hombre sufre una más profunda enajenación de sí mismo al verse prescindible de un sistema que otrora lo necesitó. El resultado es una enajenación donde la persona ya ni siquiera se siente como cosa ni mercancía, el sentido de su propio valor ya no depende del mercado que lo excluye, sino de las fantasías de un mundo virtual y cibernético que se constituye en la nueva autoridad anónima que diluye su identidad y convicciones personales. El capitalismo del siglo XXI lejos de satisfacer las demandas sociales y normativas de los reformadores del siglo XIX y de extender el capitalismo de bienestar del siglo XX, lo que ha hecho es satisfacer las demandas lúdicas de seres gobernados por la autoridad anónima del conformismo y el triunfo de la inteligencia rutinaria del hombre enajenado. La verdad es que el hiperimperialismo extrema al máximo los mecanismos de adaptación social. Así, nos encaminamos hacia una anomia mundial. Se trata de un ataque profundo contra la democracia y la economía de bienestar y el naufragio de los sueños de un capitalismo popular. Las decisiones de las multinacionales están llevando a la civilización humana a sus máximas contradicciones.


Lejos de vivir en un mundo en que, tras la caída del comunismo y de las ideologías, el protagonismo lo tenga el choque civilizatorio (S. Huntington), al contrario la globalización del hiperimperialismo aproxima a las civilizaciones en vez de distanciarlas, las permeabiliza, homogeniza y avecina. Sin embargo, vuelve el antiguo tema spengleriano sobre la decadencia de Occidente. Al respecto se puede reflexionar sobre la corrupción de las tres columnas principales de la civilización occidental: la cáritas cristiana, el derecho romano y el racionalismo griego. Hoy sobreviene y se expande globalmente la racionalidad técnico-científica y es la principal fuerza motriz del desarrollo histórico-económico. A las sibaritas élites del megacorporativismo privado les resulta indiferente el cristianismo como el taoísmo, confucionismo, budismo, islamismo o bhramanismo, su único lenguaje es el de las superganancias sin barrera civilizacional alguna. O en otros términos, no es Occidente lo que muere, sino, lo que muere es el Occidente humanista y cristiano y lo que está en auge es el Occidente secular, pragmático y nihilista que se globaliza.


Por otra parte, nuestro Tercer Estado Global monopoliza la pobreza y ostenta una miseria científico-tecnológica espantosa. Una comparación somera del desarrollo tecnológico señala que los países pobres sólo concentran el 10 por ciento de ingenieros y científicos, el 3 por ciento en computadoras y una inversión de 3 billones de dólares en investigación científica, frente a los países desarrollados con 90 por ciento de científicos, el 97 por ciento de computadoras y una inversión de 220 billones de dólares. Sin embargo, la tragedia de la inversión científico-tecnológica es que viene siendo manipulada por intereses comerciales. La dependencia de los científicos respecto de la industria facilita que los megaconsorcios impongan su voluntad a través de una camarilla de políticos. Es lo que viene ocurriendo con los alimentos transgénicos como la soya, que causa envenenamiento e intoxicación. Asimismo, la tragedia de las universidades del Tercer Mundo es que no invierten en investigación, son imitativas y someten al docente a un ritmo proletarizador. Reducen o conculcan horas de investigación y en vez de convertirse en productores de cultura se vuelven meros instructores. Parafraseando el “todo vale” posmoderno, entre los tercermundistas: “nada vale”. Los talentos nacionales deben primero ser reconocidos en el exterior, para recién reconocerlos. Esta inseguridad y subestimación de la psicología colectiva se disimula sobreestimando el valor de lo académico, obedece a razones históricas y a factores como una vil inversión pública y privada en investigación, la indiferencia de estudios en ciencias fundamentales, humanísticas y una excesiva protección internacional de la propiedad intelectual.

No hay comentarios.: