9.1.11


Hablemos (monografía) sobre la ciencia:



Ciencia (en latín scientia, de scire, ‘conocer’): término que en su sentido más amplio se emplea para referirse al conocimiento sistematizado en cualquier campo, pero que suele aplicarse sobre todo a la organización de la experiencia sensorial objetivamente verificable. La búsqueda de conocimiento en ese contexto se conoce como ‘ciencia pura’, para distinguirla de la ‘ciencia aplicada’ —la búsqueda de usos prácticos del conocimiento científico— y de la tecnología, a través de la cual se llevan a cabo las aplicaciones. (Para más información, véanse los artículos individuales sobre la mayoría de las ciencias mencionadas a lo largo de este artículo).


Orígenes de la ciencia
Los esfuerzos para sistematizar el conocimiento se remontan a los tiempos prehistóricos, como atestiguan los dibujos que los pueblos del paleolítico pintaban en las paredes de las cuevas, los datos numéricos grabados en hueso o piedra o los objetos fabricados por las civilizaciones del neolítico. Los testimonios escritos más antiguos de investigaciones protocientíficas proceden de las culturas mesopotámicas, y corresponden a listas de observaciones astronómicas, sustancias químicas o síntomas de enfermedades —además de numerosas tablas matemáticas— inscritas en caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla. Otras tablillas que datan aproximadamente del 2000 a.C. demuestran que los babilonios conocían el teorema de Pitágoras, resolvían ecuaciones cuadráticas y habían desarrollado un sistema sexagesimal de medidas (basado en el número 60) del que se derivan las unidades modernas para tiempos y ángulos .


En el valle del Nilo se han descubierto papiros de una época similar que contienen información sobre el tratamiento de heridas y enfermedades, la distribución de pan y cerveza, y la forma de hallar el volumen de una parte de una pirámide. Algunas de las unidades de longitud actuales proceden de medidas egipcias y el calendario que empleamos es el resultado indirecto de observaciones astronómicas prehelénicas.


Orígenes de la teoría científica
El conocimiento científico en Egipto y Mesopotamia era sobre todo de naturaleza práctica, sin demasiada organización racional. Uno de los primeros sabios griegos que buscó las causas fundamentales de los fenómenos naturales fue el filósofo Tales de Mileto, en el siglo VI a.C., quien introdujo el concepto de que la Tierra era un disco plano que flotaba en el elemento universal, el agua. El matemático y filósofo Pitágoras, de época posterior, estableció una escuela de pensamiento en la que las matemáticas se convirtieron en una disciplina fundamental para toda la investigación científica. Los eruditos pitagóricos postulaban una Tierra esférica que se movía en una órbita circular alrededor de un fuego central. En Atenas, en el siglo IV a.C., la filosofía natural jónica y la ciencia matemática pitagórica se combinaron para producir las síntesis formadas por las filosofías lógicas de Platón y Aristóteles. En la Academia de Platón se subrayaba el razonamiento deductivo y la representación matemática; en el Liceo de Aristóteles primaban el razonamiento inductivo y la descripción cualitativa. La interacción entre estos dos enfoques de la ciencia ha llevado a la mayoría de los avances posteriores.


Durante la llamada época helenística, que siguió a la muerte de Alejandro Magno, el matemático, astrónomo y geógrafo Eratóstenes realizó una medida asombrosamente precisa de las dimensiones de la Tierra. El astrónomo Aristarco de Samos propuso un sistema planetario heliocéntrico (con centro en el Sol), aunque este concepto no halló aceptación en la época antigua. El matemático e inventor Arquímedes sentó las bases de la mecánica y la hidrostática (una rama de la mecánica de fluidos); el filósofo y científico Teofrasto fundó la botánica; el astrónomo Hiparco de Nicea desarrolló la trigonometría, y los anatomistas y médicos Herófilo y Erasístrato basaron la anatomía y la fisiología en la disección.
Después de que los romanos destruyeran Cartago y Corinto en el año 146 a.C., la investigación científica perdió impulso hasta que se produjo una breve recuperación en el siglo II d.C. bajo el emperador y filósofo romano Marco Aurelio. En esa época el sistema de Tolomeo —una teoría geocéntrica de los planetas (con centro en la Tierra) propuesta por el astrónomo Claudio Tolomeo— y las obras médicas del filósofo y médico Galeno se convirtieron en tratados científicos de referencia para la era posterior. Un siglo después surgió la nueva ciencia experimental de la alquimia a partir de la práctica de la metalurgia. Sin embargo, por el año 300 la alquimia fue adquiriendo un tinte de secretismo y simbolismo que redujo los avances que sus experimentos podrían haber proporcionado a la ciencia.


La ciencia medieval y renacentista
Durante la edad media existían seis grupos culturales principales: el Occidente latino, el Oriente griego, China, India, el mundo árabe y el Imperio maya. El grupo latino no contribuyó demasiado a la ciencia antes del siglo XIII; los griegos nunca pasaron de meras paráfrasis de la sabiduría antigua; los mayas, en cambio, descubrieron y emplearon el cero en sus cálculos astronómicos, antes que ningún otro pueblo. En China la ciencia vivió épocas de esplendor, pero no existió un impulso sostenido. Las matemáticas chinas alcanzaron su apogeo en el siglo XIII con el desarrollo de métodos para resolver ecuaciones algebraicas mediante matrices y con el empleo del triángulo aritmético. Pero lo más importante fue el impacto que tuvieron en Europa varias innovaciones prácticas de origen chino. Entre ellas estaban los procesos de fabricación del papel y la pólvora, el uso de la imprenta y el empleo de la brújula en la navegación. Las principales contribuciones indias a la ciencia fueron la formulación de los numerales denominados indoarábigos, empleados actualmente, y la conversión de la trigonometría a una forma casi moderna. Estos avances se transmitieron en primer lugar a los árabes, que combinaron los mejores elementos de las fuentes babilónicas, griegas, chinas e indias. En el siglo IX Bagdad, situada a orillas del río Tigris, era un centro de traducción de obras científicas y en el siglo XII estos conocimientos se transmitieron a Europa a través de España, Sicilia y Bizancio.


En el siglo XIII la recuperación de obras científicas de la antigüedad en las universidades europeas llevó a una controversia sobre el método científico. Los llamados realistas apoyaban el enfoque platónico, mientras que los nominalistas preferían la visión de Aristóteles. En las universidades de Oxford y París estas discusiones llevaron a descubrimientos de óptica y cinemática que prepararon el camino para Galileo y para el astrónomo alemán Johannes Kepler.
La gran epidemia de peste y la guerra de los Cien Años interrumpieron el avance científico durante más de un siglo, pero en el siglo XVI la recuperación ya estaba plenamente en marcha. En 1543 el astrónomo polaco Nicolás Copérnico publicó De revolutionibus orbium caelestium (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes), que conmocionó la astronomía. Otra obra publicada ese mismo año, De corporis humani fabrica (Sobre la estructura del cuerpo humano), del anatomista belga Andrés Vesalio, corrigió y modernizó las enseñanzas anatómicas de Galeno y llevó al descubrimiento de la circulación de la sangre. Dos años después, el libro Ars magna (Gran arte ), del matemático, físico y astrólogo italiano Gerolamo Cardano, inició el periodo moderno en el álgebra con la solución de ecuaciones de tercer y cuarto grado.


La ciencia moderna
Esencialmente, los métodos y resultados científicos modernos aparecieron en el siglo XVII gracias al éxito de Galileo al combinar las funciones de erudito y artesano. A los métodos antiguos de inducción y deducción, Galileo añadió la verificación sistemática a través de experimentos planificados, en los que empleó instrumentos científicos de invención reciente como el telescopio, el microscopio o el termómetro. A finales del siglo XVII se amplió la experimentación: el matemático y físico Evangelista Torricelli empleó el barómetro; el matemático, físico y astrónomo holandés Christiaan Huygens usó el reloj de péndulo; el físico y químico británico Robert Boyle y el físico alemán Otto von Guericke utilizaron la bomba de vacío.
La culminación de esos esfuerzos fue la ley de la gravitación universal, expuesta en 1687 por el matemático y físico británico Isaac Newton en su obra Philosophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural).Al mismo tiempo, la invención del cálculo infinitesimal por parte de Newton y del filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz sentó las bases para alcanzar el nivel actual de ciencia y matemáticas.


Los descubrimientos científicos de Newton y el sistema filosófico del matemático y filósofo francés René Descartes dieron paso a la ciencia materialista del siglo XVIII, que trataba de explicar los procesos vitales a partir de su base físico-química. La confianza en la actitud científica influyó también en las ciencias sociales e inspiró el llamado Siglo de las Luces, que culminó en la Revolución Francesa de 1789. El químico francés Antoine Laurent de Lavoisier publicó el Tratado elemental de química en 1789 e inició así la revolución de la química cuantitativa.
Los avances científicos del siglo XVII prepararon el camino para el siguiente siglo, llamado a veces ‘siglo de la correlación’ por las amplias generalizaciones que tuvieron lugar en la ciencia. Entre ellas figuran la teoría atómica de la materia postulada por el químico y físico británico John Dalton, las teorías electromagnéticas de Michael Faraday y James Clerk Maxwell, también británicos, o la ley de la conservación de la energía, enunciada por el físico británico James Prescott Joule y otros científicos.


La teoría biológica de alcance más global fue la teoría de la evolución, propuesta por Charles Darwin en su libro El origen de las especies,publicado en 1859, que provocó una polémica en la sociedad —no sólo en los ámbitos científicos— tan grande como la obra de Copérnico. Sin embargo, al empezar el siglo XX el concepto de evolución ya se aceptaba de forma generalizada, aunque su mecanismo genético siguió siendo discutido.
Mientras la biología adquiría una base más firme, la física se vio sacudida por las inesperadas consecuencias de la teoría cuántica y la de la relatividad. En 1927 el físico alemán Werner Heisenberg formuló el llamado principio de incertidumbre, que afirma que existen límites a la precisión con que pueden determinarse a escala subatómica las coordenadas de un suceso dado. En otras palabras, el principio afirmaba la imposibilidad de predecir con precisión que una partícula, por ejemplo un electrón, estará en un lugar determinado en un momento determinado y con una velocidad determinada. La mecánica cuántica no opera con datos exactos, sino con deducciones estadísticas relativas a un gran número de sucesos individuales.
La ciencia en España y Latinoamérica



Los comienzos de la ciencia española se remontan (dejando aparte el primitivo saber de san Isidoro de Sevilla) a la civilización hispanoárabe y sobre todo a la gran escuela astronómica de Toledo del siglo XI encabezada por al-Zarqalluh (conocido por Azarquiel en la España medieval). Después de la conquista de la ciudad de Toledo por el rey Alfonso VI en 1085, comenzó un movimiento de traducción científica del árabe al latín, promovido por el arzobispo Raimundo de Toledo. Este movimiento continuó bajo el patrocinio de Alfonso X el Sabio y los astrónomos de su corte (entre los que destacó el judío Isaac ibn Cid); su trabajo quedó reflejado en los Libros del saber de astronomía y las Tablas alfonsíes, tablas astronómicas que sustituyeron en los centros científicos de Europa a las renombradas Tablas toledanas de al-Zarqalluh.


En la primera mitad del siglo XVI España participó en el movimiento de renovación científica europea, en el que intervinieron de forma destacada Juan Valverde de Amusco, seguidor de Andrés Vesalio, y la escuela de los calculatores—promotores de la renovación matemática y física— a la que pertenecían Pedro Ciruelo, Juan de Celaya y Domingo de Soto. El descubrimiento de América estimuló avances, tanto en historia natural (con José de Acosta y Gonzalo Fernández de Oviedo) como en náutica (con Pedro de Medina, Martín Cortés y Alonso de Santa Cruz).
Después de que Felipe II prohibiera el estudio en el extranjero, la ciencia española entró en una fase de decadencia y neoescolasticismo de la cual no saldría hasta finales del siglo XVII, con el trabajo de los llamados novatores. Este grupo promovía semiclandestinamente las nuevas ideas de Newton y William Harvey, y a él pertenecían, entre otros, Juan Caramuel y Lobkowitz, Juan de Cabriada y Antonio Hugo de Omerique, cuya obra Analysis Geometrica (1698) atrajo el interés de Newton. En la misma época desde Nueva España, Diego Rodríguez comentó los hallazgos de Galileo.


El sistema newtoniano, todavía prohibido por la Iglesia, se difundió ampliamente en el mundo hispano del siglo XVIII, a partir de Jorge Juan y Antonio de Ulloa (socios del francés Charles de La Condamine en su expedición geodésica a los Andes) en la península Ibérica, José Celestino Mutis en Nueva Granada y Cosme Bueno en Perú.
El otro pilar de la modernización científica de la Ilustración fue Linneo, cuya nomenclatura binomial fascinó a toda una generación de botánicos europeos, estimulando nuevas exploraciones. En España, Miguel Barnades y más tarde sus discípulos Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau Verdera enseñaron la nueva sistemática botánica. El siglo XVIII fue la época de las expediciones botánicas y científicas al Nuevo Mundo, entre las que destacaron la de Mutis (corresponsal de Linneo) a Nueva Granada, la de Hipólito Ruiz y José Pavón a Perú, la de José Mariano Mociño y Martín de Sessé a Nueva España, y la de Alejandro Malaspina alrededor del globo. También en las colonias la ciencia floreció en instituciones como el Real Seminario de Minas de México, el Observatorio Astronómico de Bogotá o el Anfiteatro Anatómico de Lima.


Las Guerras Napoleónicas y de Independencia interrumpieron el avance de la ciencia tanto en la península Ibérica como en Latinoamérica. En España la recuperación fue muy lenta; la vida científica desapareció prácticamente hasta la entrada de nuevas ideas —el darwinismo en primer lugar— como secuela de la Revolución de 1868 y la I República. En esta renovación científica desempeñó un papel fundamental el neurólogo Santiago Ramón y Cajal, primer premio Nóbel español (en 1906 compartió el Premio Nóbel de Fisiología y Medicina con el médico italiano Camillo Golgi por la estructura del sistema nervioso); también intervinieron José Rodríguez de Carracido en química, Augusto González de Linares en biología, José Macpherson en geología y Zoel García Galdeano en matemáticas. En América Latina pueden referirse como representativas de la renovación científica del siglo XIX una serie de instituciones positivistas: en México, la Sociedad de Historia Natural (1868), la Comisión Geográfico-Exploradora (1877) o la Comisión Geológica (1886); en Argentina, el Observatorio Astronómico (1882), el Museo de Ciencias Naturales (1884), la Sociedad Científica Argentina (1872), el Observatorio de Córdoba (1870), dirigido por el estadounidense Benjamin Gould, y la Academia de las Ciencias de Córdoba (1874); por último en Brasil, la Escuela de Minas de Ouro Preto, el Servicio Geológico de Sao Paulo y el Observatorio Nacional de Río de Janeiro.
Gracias al empuje que el Premio Nóbel de Ramón y Cajal dio a la ciencia en general, en 1907 el gobierno español estableció la Junta para la Ampliación de Estudios para fomentar el desarrollo de la ciencia, creando becas para el extranjero y, algo más tarde, una serie de laboratorios. Cuando Pío del Río Hortega se instaló en el laboratorio de histología establecido por la Junta en la Residencia de Estudiantes de Madrid, se convirtió en el primer investigador profesional en la historia de la ciencia española. El centro de innovación en ciencias físicas fue el Instituto Nacional de Física y Química de Blas Cabrera, que a finales de la década de 1920 recibió una beca de la Fundación Rockefeller para construir un nuevo y moderno edificio. Allí trabajaron Miguel Angel Catalán, que realizó importantes investigaciones en espectrografía, y el químico Enrique Moles. En matemáticas el centro innovador fue el Laboratorio Matemático de Julio Rey Pastor, cuyos discípulos ocuparon prácticamente la totalidad de cátedras de matemáticas de España. Muchos de ellos fueron becados en Italia con Tullio Levi-Civita, Vito Volterra, Federigo Enriques y otros miembros de la gran escuela italiana, cuyo manejo del cálculo tensorial les había asociado con la relatividad general de Einstein. Rey Pastor fue un impulsor de la visita que Einstein realizó a España en 1923, en la que el físico alemán fue recibido sobre todo por matemáticos ya que la física estaba mucho menos desarrollada. En biomedicina, además de la neurohistología, adquirió relevancia la fisiología, dividida en dos grupos: el de Madrid, regido por Juan Negrín, quien formó al futuro premio Nobel Severo Ochoa, y el de Barcelona, dirigido por August Pi i Sunyer. Durante la década de 1920 ambos grupos trabajaron en la acción química de las hormonas, sobre todo de la adrenalina.


En América Latina la fisiología, al igual que en España, ocupaba el liderazgo en las ciencias biomédicas. Los argentinos Bernardo Houssay y Luís Leloir ganaron el Premio Nóbel en 1947 y 1970 respectivamente; fueron los primeros otorgados a científicos latinoamericanos por trabajos bioquímicos. En física, distintos países consideraron que la física nuclear era el camino más práctico hacia la modernización científica, debido a la facilidad para obtener aceleradores de partículas de países europeos o de Norteamérica. No obstante, la física nuclear comenzó por su mínimo coste con el estudio de los rayos cósmicos. En la década de 1930, los brasileños Marcello Damy de Souza y Paulus Aulus Pompéia descubrieron el componente penetrante o ‘duro’ de los rayos cósmicos; en 1947 César Lattes, investigando en el Laboratorio de Física Cósmica de Chacaltaya (Bolivia), confirmó la existencia de los . También la genética resultó ser un campo de investigación fructífero en América Latina. En 1941 el genetista estadounidense de origen ucraniano Theodosius Dobzhansky emprendió el primero de sus viajes a Brasil donde formó a toda una generación de genetistas brasileños en la genética de poblaciones. Su objetivo era estudiar las poblaciones naturales de Drosophila en climas tropicales para compararlas con las poblaciones de regiones templadas que ya había investigado. Descubrió que las poblaciones tropicales estaban dotadas de más diversidad genética que las templadas y, por lo tanto, pudieron ocupar más ‘nichos’ ecológicos que éstas.
Tanto en España como en América Latina la ciencia del siglo XX ha tenido dificultades con los regímenes autoritarios. En la década de 1960 se produjo en Latinoamérica la llamada ‘fuga de cerebros’: en Argentina, por ejemplo, la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires perdió más del 70% del profesorado debido a las imposiciones del gobierno contra las universidades. Bajo la dictadura militar de la década de 1980, los generales expulsaron de este país a los psicoanalistas, y el gobierno apoyó una campaña contra la ‘matemática nueva’ en nombre de una idea mal entendida de la matemática clásica. En Brasil, bajo la dictadura militar de la misma época, un ministro fomentó la dimisión de toda una generación de parasitólogos del Instituto Oswaldo Cruz, dando lugar a lo que se llamó ‘la masacre de Manguinhos’.


Comunicación científica
A lo largo de la historia el conocimiento científico se ha transmitido fundamentalmente a través de documentos escritos, algunos de los cuales tienen una antigüedad de más de 4.000 años. Sin embargo, de la antigua Grecia no se conserva ninguna obra científica sustancial del periodo anterior a los Elementosdel geómetra Euclides (alrededor del 300 a.C.). De los tratados posteriores escritos por científicos griegos destacados sólo se conservan aproximadamente la mitad. Algunos están en griego, mientras que en otros casos se trata de traducciones realizadas por eruditos árabes en la edad media. Las escuelas y universidades medievales fueron los principales responsables de la conservación de estas obras y del fomento de la actividad científica.
Sin embargo, desde el renacimiento esta labor ha sido compartida por las sociedades científicas; la más antigua de ellas, que todavía existe, es la Accademia dei Lincei (a la que perteneció Galileo), fundada en 1603 para promover el estudio de las ciencias matemáticas, físicas y naturales. Ese mismo siglo, el apoyo de los gobiernos a la ciencia llevó a la fundación de la Royal Society en Londres (1662) y la Académie des Sciences en París (1666). Estas dos organizaciones iniciaron la publicación de revistas científicas, la primera con el título de Philosophical Transactionsy la segunda con el de Mémoires.


Durante el siglo XVIII, otras naciones establecieron academias de ciencias. En Estados Unidos, un club organizado en 1727 por Benjamin Franklin se convirtió en 1769 en la American Philosophical Society. En 1780 se constituyó la American Academy of Arts and Sciences, fundada por John Adams, quien fue el segundo presidente estadounidense en 1797. En 1831 se reunió por primera vez la British Association for the Advancement of Science, seguida en 1848 por la American Association for the Advancement of Science y en 1872 por la Association Française pour l’Avancement des Sciences. Estos organismos nacionales editan respectivamente las publicaciones Nature, Science y Compte-Rendus. El número de publicaciones científicas creció tan rápidamente en los primeros años del siglo XX que el catálogo Lista mundial de publicaciones científicas periódicas editadas en los años 1900-1933 ya incluía unas 36.000 entradas en 18 idiomas. Muchas de estas publicaciones son editadas por sociedades especializadas dedicadas a ciencias concretas.
Desde finales del siglo XIX la comunicación entre los científicos se ha visto facilitada por el establecimiento de organizaciones internacionales, como la Oficina Internacional de Pesos y Medidas (1873) o el Consejo Internacional de Investigación (1919). Este último es una federación científica subdividida en uniones internacionales para cada una de las ciencias. Las uniones celebran congresos internacionales cada pocos años, cuyos anales suelen publicarse. Además de las organizaciones científicas nacionales e internacionales, muchas grandes empresas industriales tienen departamentos de investigación, de los que algunos publican de forma regular descripciones del trabajo realizado o envían informes a las oficinas estatales de patentes, que a su vez editan resúmenes en boletines de publicación periódica.


Campos de la ciencia
Originalmente el conocimiento de la naturaleza era en gran medida la observación e interrelación de todas las experiencias, sin establecer divisiones. Los eruditos pitagóricos sólo distinguían cuatro ciencias: aritmética, geometría, música y astronomía. En la época de Aristóteles, sin embargo, ya se reconocían otros campos: mecánica, óptica, física, meteorología, zoología y botánica. La química permaneció fuera de la corriente principal de la ciencia hasta la época de Robert Boyle, en el siglo XVII, y la geología sólo alcanzó la categoría de ciencia en el siglo XVIII. Para entonces el estudio del calor, el magnetismo y la electricidad se había convertido en una parte de la física. Durante el siglo XIX los científicos reconocieron que las matemáticas puras se distinguían de las otras ciencias por ser una lógica de relaciones cuya estructura no depende de las leyes de la naturaleza. Sin embargo, su aplicación a la elaboración de teorías científicas ha hecho que se las siga clasificando como ciencia.


Las ciencias naturales puras suelen dividirse en ciencias físicas y químicas, y ciencias de la vida y de la Tierra. Las principales ramas del primer grupo son la física, la astronomía y la química, que a su vez se pueden subdividir en campos como la mecánica o la cosmología. Entre las ciencias de la vida se encuentran la botánica y la zoología; algunas subdivisiones de estas ciencias son la fisiología, la anatomía o la microbiología. La geología es una rama de las ciencias de la Tierra.
Sin embargo, todas las clasificaciones de las ciencias puras son arbitrarias. En las formulaciones de leyes científicas generales se reconocen vínculos que relacionan las ciencias entre sí. Se considera que estas relaciones son responsables de gran parte del progreso actual en varios campos de investigación especializados, como la biología molecular y la genética. Han surgido varias ciencias interdisciplinares, como la bioquímica, la biofísica, las biomatemáticas o la bioingeniería, en las que se explican los procesos vitales a partir de principios físico-químicos. Los bioquímicos, por ejemplo, sintetizaron el ácido desoxirribonucleico (ADN) ; la cooperación de biólogos y físicos llevó a la invención del microscopio electrónico, que permite el estudio de estructuras poco mayores que un átomo. Se prevé que la aplicación de estos métodos interdisciplinares produzca también resultados significativos en el terreno de las ciencias sociales y las ciencias de la conducta.


Las ciencias aplicadas incluyen campos como la aeronáutica, la electrónica, la ingeniería y la metalurgia —ciencias físicas aplicadas— o la agronomía y la medicina —ciencias biológicas aplicadas. También en este caso existe un solapamiento entre las ramas. Por ejemplo, la cooperación entre la iatrofísica (una rama de la investigación médica basada en principios de la física) y la bioingeniería llevó al desarrollo de la bomba corazón-pulmón empleada en la cirugía a corazón abierto y al diseño de órganos artificiales como cavidades y válvulas cardiacas, riñones, vasos sanguíneos o la cadena de huesecillos del oído interno. Este tipo de avances suelen deberse a las investigaciones de especialistas procedentes de diversas ciencias, tanto puras como aplicadas. La relación entre teoría y práctica es tan importante para el avance de la ciencia en nuestros días como en la época de Galileo.
Fuente: http://www.alipso.com/monografias/queesciencia/

POCOS RECURSOS PARA HACER CIENCIA EN CHILE...


¿Ciencia en peligro?


Si no se hace algo, la ciencia chilena está en grave riesgo de morir. Eso es lo que postula la campaña Más Ciencia para Chile, una iniciativa de la Asociación Nacional de Investigadores en Postgrado (ANIP) que critica las políticas del Estado en avances científicos y busca mejorar la difusión de estas actividades entre la ciudadanía, antes de que sea demasiado tarde.
Por Auska Ovando


“Estamos llegando a un punto en que la gente no va a querer hacer más ciencia. Todo lo que hemos ganado está estancado y va a empezar a desaparecer”, dice Carlos Blondel (29), presidente de la Asociación Nacional de Investigadores en Postgrado (ANIP). Para él, Chile es uno de los países líderes a nivel latinoamericano en investigación, pero la poca preocupación por el tema está llevando al país al borde de una fuga masiva de cerebros, en la que las mentes más brillantes migrarán a lugares donde tengan más futuro laboral.
Pocos recursos, mala planificación de los fondos estatales y poco interés del mundo político, son algunos de los obstáculos que denuncia la ANIP que impiden avanzar en el desarrollo científico. Por eso, lanzaron la campaña Más Ciencia para Chile, una iniciativa que quiere generar un movimiento ciudadano que exija al gobierno más inversión, más planificación y más rapidez en el apoyo a la ciencia. Ahora están en una campaña a través de las redes sociales, juntando firmas en su página web y más adelante esperan organizar seminarios que reúnan a todos aquellos quienes sientan interés por esta causa.


Es importante entender, que con “ciencia” no sólo se refieren a actividades de laboratorio, con ratones y batas blancas. Para ellos, ciencia es todo lo que permite el desarrollo de un país, por eso incluyen también a las ciencias sociales, las artes y humanidades. “El desarrollo del conocimiento es vital para el crecimiento de un país. ¿Qué sacamos con ser los más ricos del continente si social y culturalmente somos los más pobres?”, afirma Blondel.


¿Estamos mal?
A diferencia de países con grandes industrias de investigación, como Argentina o Brasil, Chile tiene menos recursos y menos gente. Por ejemplo, Argentina tiene cinco premios Nóbel en su historia, mientras que Chile sólo dos. Sin embargo, un estudio de este año hecho por la EBS Business School concluyó que nuestro país es el primero en América Latina en innovación, en un ranking que mide el uso de tecnologías, desarrollo científico y capital humano.
Para el presidente de la ANIP, este liderazgo se ha construido gracias al esfuerzo de los investigadores, más que por una política estatal. Un ejemplo de esto, según él, es la rapamicina. En 1965, unos investigadores canadienses que vinieron a trabajar a Isla de Pascua, descubrieron un nuevo medicamento para tratar los rechazos de los trasplantes, lo patentaron y se quedaron con la licencia del nuevo producto, descubierto en nuestro país.
Blondel cree que casos como esos son los que demuestran que el liderazgo chileno no está asegurado en el tiempo. “La ciencia probablemente no deba ser la prioridad número uno del país, pero hoy no es ninguna. Olvídense del salmón y del cobre, tenemos que pensar qué nos va a llevar a competir a nivel mundial en 20 años más”, explica. Para él, es en áreas como la sismología o astronomía donde más tenemos ventaja.


En los últimos diez años, los recursos de la Comisión Nacional Científica y Tecnológica (CONICYT) -organismo que entrega fondos para investigación y formación de profesionales- han aumentado en más de 300%. Se creó el Consejo Nacional de la Innovación, un comité asesor del Presidente de turno. Además, en noviembre, el gobierno presentó el programa “Chile país desarrollado”, una agenda que busca, a través de cincuenta medidas, lograr el desarrollo para 2018. Uno de sus ejes es en fomentar la ciencia y la tecnología.
Pero Blondel no cree que estos esfuerzos sean suficientes. “No existe un organismo central que coordine todas las iniciativas, el presupuesto 2011 no creció lo suficiente, no se está fomentando la creación de profesionales en nuestro país y todo queda en las palabras más que en planes concretos”, afirma. A pesar de que los dineros para CONICYT aumentaron en más de un 8% para el próximo año, el presidente de la ANIP cree que no ha crecido donde debe, como en el programa Explora (una iniciativa para la difusión de la ciencia y tecnología) o las becas nacionales de postgrado.


No todas las personas del área comparten esa opinión. Felipe Cabezas es coordinador de investigación de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica y para él se ha creado un desarrollo que es difícil de eliminar. “El país ha hecho grande esfuerzos para sostener el sistema de la ciencia. La mitad de los alumnos de postgrado de nuestra facultad tiene becas y hay hartos recursos disponibles”, cuenta.
La iniciativa Científico Milenio nació en 1998 a cargo del Mideplan, con el objetivo de impulsar el desarrollo de la investigación científica y tecnológica de nuestro país. Para ello busca crear y financiar centros de investigación: los Institutos y Núcleos Milenio. Esta iniciativa se ha consolidado como un actor relevante del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación de Conicyt.


Los Institutos y Núcleos Milenio realizan investigaciones científicas a niveles similares que en los países avanzados, tanto en el área de las ciencias naturales, como en las ciencias sociales. Este programa busca el progreso social y económico de Chile y también aportar a una reducción en la emigración de científicos nacionales, el retorno de investigadores chilenos capacitados y eventualmente, la inmigración de científicos extranjeros a Chile.
Dentro de los fondos nacionales que apoyan a los proyectos de investigación científica, el más grande, el que ofrece la mayor cantidad de recursos durante más tiempo y para un grupo grande, es la Iniciativa Científica Milenio. Son cerca de $700 millones anuales durante diez años y la adjudicación de un Instituto Milenio para los ganadores.
En diciembre de 2009 se presentaron 27 proyectos a concurso público. Siete de ellos pasaron a la segunda etapa, donde fueron entrevistados por expertos internacionales, y sólo tres se llevaron los fondos: el Instituto de Neurociencia Biomédica (BNI), el Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso (CINV), y el Instituto Milenio de Inmunología e Inmunoterapia (IMII).
El doctor Andrés Couve (42) es el director del BNI, albergado en la Universidad de Chile. “Queremos crear un centro de investigación de excelencia en diversas áreas de la neurociencia, estudiando el sistema nervioso a distintos niveles”, cuenta Couve. Su objetivo es contribuir al diagnóstico y terapia de las enfermedades psiquiátricas mediante la investigación clínica del cerebro apoyada en la neurociencia. La novedad es su carácter integral e interdisciplinario: convergen la biología, la matemática (estadísticas y mediciones) y la psiquiatría.


El CINV, a cargo del doctor Ramón Latorre de la Universidad de Valparaíso, ahondará en cómo el sistema nervioso responde a los estímulos sensoriales en personas sanas y enfermas. Utilizará como modelo biológico un pez cebra, el que será manipulado genéticamente.
El IMII, por su parte, tiene como investigador responsable al doctor Alexis Kalergis de la Universidad Católica. Su principal objetivo es desarrollar nuevas vacunas y terapias para las enfermedades relacionadas con el envejecimiento, como las cardiovasculares, la auto inmunidad o el cáncer.
Estos tres nuevos institutos de excelencia que recibirán alrededor de $700 millones anuales por un total de diez años, trabajarán con estudiantes jóvenes para motivarlos a quedarse y hacer ciencia en Chile. Esta es una manera de que los jóvenes científicos no se fuguen del país y que la ciencia en Chile crezca.


Chile, fértil provincia
Si hay algo en que coinciden Felipe Cabezas, investigador de la UC, y el presidente de la ANIP, Carlos Blondel, es que Chile tiene grandes capacidades para el desarrollo científico, tanto por sus características geográficas y ambientales, como por capital humano. “Tenemos ventajas en agricultura, turismo, sismología, astronomía y medicina, pero no todas esas áreas se desarrollan”, afirma Blondel. Por ejemplo, los cielos despejados hacen de Chile un gran país para el desarrollo astronómico y sus largas costas lo hacen ideal para el estudio de fauna marina o energía mareomotriz.


Para que eso ocurra, Más Ciencia para Chile propone crear un ministerio o alguna institución similar, que planifique estratégicamente la investigación que más le convenga al país.
María Antonieta Saa, diputada integrante de la Comisión de Ciencia y Tecnología, valora la idea. “Hay que tener la voluntad política para desarrollar las ciencias. Ha existido ese esfuerzo, pero ha sido insuficiente. Necesitamos tener a los mejores cerebros pensando en el desarrollo del país y un ministerio dedicado a eso sería una gran idea”, dice.


Más allá de los recursos, la ANIP tiene otra preocupación fundamental: la difusión de las ciencias. “La gente no sabe qué hacemos”, dice Blondel y así lo confirma una encuesta de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), que dice que Chile es el lugar de Latinoamérica donde peor valoración se le da al trabajo de los científicos. Por eso, quieren que Más Ciencia Para Chile se transforme en una iniciativa en que participen ciudadanos de todas las áreas. Así lograrán darle el rol que, creen, se merece la ciencia en la sociedad.
FUENTE: Revista KmO – www.kilometrocero.cl – 21 Diciembre 2010

Comentarios:


Tomas N dice:
Veo claramente un dejo de complacencia por quienes dicen que la ciencia esta bien en Chile, cuando ya todo el mundo sabe que se invierte 0.4% del PIB. Los Institutos Milenios son efectivamente proyectos financiados con mucho dinero, pero no saben que solo se financian 3 proyectos de mas de 20 presentados, siendo igual de buenos los restantes, y son áreas muy especificas. Mi pregunta es, ¿que pasaría si se financiara el 80 o 90% de esos proyectos?. Además no saben, pero los recursos para los proyectos aprobados, por lo menos este año se recortaron en casi un 40%, entonces ¿de que inversión real estamos hablando?
El mismo señor Cabezas se contradice al coincidir con el señor Blondel que Chile tiene “grandes capacidades”, es decir, estamos hablando de un gran potencial no concretado en materia de ciencia y tecnología, lo cual refleja muy bien esa cifra del 0.4%.


Pablo Astudillo dice:
Si el presupuesto 2011 de Conicyt fuera de sólo $1 (un peso) más alto que el 2010, seguiría siendo probablemente "histórico". La pregunta es si es que eso es insuficiente. Si ese aumento de casi un 5% alcanzara para financiar todos aquellos proyectos y centros calificados de "excelentes" pero que no son financiados por falta de presupuesto, sería otra cosa; pero lamentablemente, no alcanza, y mi impresión es que muchos investigadores, una vez dentro de la "zona de confort", donde ganan proyectos de manera continua, no se atreven a denunciar, a debatir, a contradecir.


Anita Fernández dice:
Los que formamos parte de este sistema estamos todos de acuerdo, faltan recursos, mas bien , una mejor distribución de aquellos, faltan espacios donde podamos ejercer nuestros conocimientos para que no se limite sólo nuestro trabajo a las universidades y faltan entidades gubernamentales que nos representen, que se hagan participes responsablemente del tema, que perciban que la ciencia de hoy es clave para el desarrollo y que los problemas que tenemos hoy en el país se deben en parte a la escuálida inversión en ciencia de hace 20 o 30 años atrás ..Me gusta ser partícipe hoy de esta entidad, espero tengamos mas personas involucradas.


Carlos Blondel dice:
Totalmente de acuerdo contigo Tomas.
El estancamiento presupuestario para la ciencia el 2011 y los datos crudos sobre nuestro desempeño en comparación a la OCDE se contradicen con esta complacencia.
Para ver la realidad de la ciencia chilena no basta enumerar los centros de investigación y sus objetivos.
Lamentablemente durante el último tiempo la complacencia parece ser pan de cada día (www.conicyt.cl/573/a...)

APORTES DEL GOBIERNO A LA "REFORMA EDUCACIONAL"

La “reforma educacional” de Lavín



Los hechos: El miércoles 17 de noviembre el Ministro de Educación Joaquín Lavín hizo un anuncio que no cayó muy bien en algunos sectores: aumento de horas en Matemática y Lenguaje y Comunicación. A primera vista, quizás uno podría estar de acuerdo con esta política. Pero falta una parte: para implementar esta iniciativa habría una importante reducción de las horas de Ciencias Sociales (Historia) y Educación Tecnológica. Esto afectaría a los estudiantes que estén cursando entre quinto básico y segundo medio. La idea sería incrementar los conocimientos matemáticos y mejorar la redacción de los estudiantes1. Los educandos pasarían a tener de 5 a 7 horas semanales de Lenguaje y Comunicación. En lo que respecta a Matemática, hoy se imparten 5 horas a la semana y la idea es aumentar a 6 para los estudiantes de quinto a octavo básico, y 7 horas para quienes estén cursando primero a segundo medio. Se sumarían, entonces, 800 horas anuales de estas asignaturas: 480 más para el caso de Lenguaje y 320 en Matemática. Inglés también ampliaría su cobertura horaria, pasando de 2 a 3 semanales en quinto y sexto básico.

Habría un desmedro en temas importantes como son la historia de nuestro país o educación cívica, tópicos reconocidos por aportar a la formación de ‘ciudadanos’. Sería una hora menos de Historia por semana, según las primeras estimaciones. Algo grave es que esta medida no ha sido consultada a los directamente afectados: directores de establecimientos, profesores, alumnos y apoderados. El alcalde de Puente Alto, José Manuel Ossandón (RN) dijo que con “esta iniciativa lo único que logramos es formar más empresarios y menos gente con conciencia social. Las personas se forman sabiendo más de su pasado, de su cultura y de las tradiciones. Si quitas horas a ese ramo corremos riesgos que podemos pagar caro en el futuro”2. Luego Ossandón ‘suavizó’ su posición y sus críticas no fueron tan elocuentes. Fue uno de los primeros en pronunciarse en contra de lo que el Gobierno de Chile denominó como una ‘revolución educacional’ en Chile.

Los cambios se implementarían a partir del año 2011, pero bajo una modalidad más flexible, para que luego, el 2012, se incorpore completamente y de forma obligatoria. La iniciativa fue aprobada unos días antes del anuncio público por el Consejo Nacional de Educación (CNED)3. La política estaría basada en los modelos utilizados por los países pertenecientes a la OCDE. El proyecto ya ingresó al parlamento con suma urgencia. Esto significa que probablemente no haya tiempo adecuado para discutir la iniciativa. Un dato no menor anunciado por el alcalde de Santiago Pablo Zalaquet (UDI) y presidente de la Comisión de Educación de la Asociación Chilena de Municipalidades: los municipios no contarían con los recursos para financiar esta reforma. En tanto, el ministro Joaquín Lavín destacó que el manejo adecuado del Lenguaje y las Matemáticas es central para aprender el resto de las materias. En este sentido, destacó que la medida se basó en los resultados de colegios exitosos que ya tienen más horas en estas dos áreas4. El secretario de Estado insistió en que si no existe una buena formación en esas dos asignaturas, es imposible avanzar en los otros ramos5.

Hago una pregunta que parece obvia: aumentar las horas de clases en una materia, ¿garantiza una mejor educación o será más efectiva si no hay un plan adecuado, un buen profesor, motivación de los estudiantes o una infraestructura adecuada?6, ésta última, cuestión que se ha preocupado sobremanera el Estado. Considero que hay una confusión de los conceptos. Creo que no se va al fondo del asunto. Las políticas que se han planteado son ‘superficiales’ en esta materia: el gobierno cree que más horas (una cuestión cuantitativa) equivale a mejorar una situación (una cuestión cualitativa). Claudio Rolle, jefe del Departamento de Historia Universal de la Pontificia Universidad Católica y ex colaborador en la Unidad de Currículum y Evaluación del Ministerio de Educación, explicó que en ningún lado está garantizado automáticamente que si tú aumentas el número de horas vas a conseguir resultados7. Pero es curiosa la situación, porque según la lógica del gobierno, la disminución de horas de Historia y Tecnología generaría un problema porque menos horas equivaldría a empeorar una situación. Entonces, como diría el Premio Nacional de Historia Gabriel Salazar, se estaría desvistiendo a un santo para vestir a otro8.


Una de las materias en que más espacios para la discusión y la reflexión se da es justamente la clase de Historia (así al menos las recuerdo). En una columna escrita por presidentes -de distintos años- del Centro de Estudiantes de la UC, manifiestan que por un lado se remarca la importancia de nuestro pasado e identidad, pero por otro se disminuye el tiempo dedicado al estudio crítico de nuestra trayectoria nacional; de un lado, se afirma la importancia de la enseñanza y el profesorado; mientras de otro, no se confiesa que la enseñanza parece concebida únicamente como la adquisición de destrezas técnicas funcionales, en primer lugar, a las mediciones internacionales y, a la larga, a las necesidades del mercado9. Y efectivamente, si uno se va a las evaluaciones internacionales, se dará cuenta que las materias de mayor importancia para ellos son básicamente Matemática, Lenguaje y Ciencia. Al parecer, al gobierno le interesa tener buenas notas en este tipo de indicadores. Entonces, uno podría sospechar que el objetivo es mejorar en éstos a nivel mundial y no necesariamente entregar una mejor educación, como se ha pretendido hacer creer a la opinión pública.


Cristian Cox, director del Centro de Estudios de Políticas y Prácticas en Educación (CEPPE) de la Universidad Católica y director de postgrado de su Facultad de Educación, explicó que en materias curriculares es prácticamente imposible aumentar horas en un área sin afectar otras. Así, por ejemplo, el académico destaca que Historia y Ciencias Sociales, es una materia muy importante porque está completamente basada en leer textos, producir ensayos y participar en debates. Estas tres actividades equivalen a un directo desarrollo de capacidades de lenguaje. Por su parte Educación Tecnológica es un área de experiencia, en suma, clave para formar capacidades de emprendimiento, indisputables como ‘competencias siglo XXI’. Otro déficit es que se ha eliminado el Consejo de Curso, un espacio dedicado a la participación de los alumnos: una escasa hora a la semana a ser llenada por su voz, que se ha juzgado no tiene valor formativo. Para Cox, en estas políticas hay un alto costo versus ventajas inciertas, pobremente fundadas y alcanzables por otros medios10.


Se ha hablado de tratar de estar a la altura de otras naciones, a las cuales les ha ido mejor que nosotros en esta materia. Un problema que plantea mirar a otros países y tomarlos como ejemplos a seguir en materia educacional es que se ‘olvida’ el componente cultural. Europa no es igual a América Latina y Finlandia o Suecia no son igual que Chile: nuestras necesidades y prioridades difieren. Hoy el gran problema de la educación nacional es que no se están formando personas ni ciudadanos críticos, a lo mucho individuos debidamente capacitados para ejercer labores muy específicas y técnicas o, derechamente, consumidores. En una carta enviada por varios historiadores al Ministro de la cartera en cuestión, se manifiesta que hay una visión limitada de la educación, más preocupada de los resultados de mediciones estandarizadas que de los aprendizajes efectivos de nuestras niñas y niños11. Es la lógica de la Ingeniería Comercial, en palabras del ya citado Salazar.


Alfredo Jocelyn-Holt dijo que se ha determinado reducir el ramo tradicionalmente más central del currículo nacional. Además afirmó que el equipo que trabaja hoy en el Mineduc no se siente cómodo con la apertura curricular en materias de historia post 1989, objeta que se hable en las salas de clase de “resistencia mapuche” y “colonia” durante el período español, que se califique a la Constitución de 1833 de “autoritaria”, que al régimen militar se le denomine “dictadura”12. El ya citado Rolle cree que la historia, la geografía y las ciencias sociales en general son uno de los territorios más disputados por las visiones ideológicas, en el sentido de que es el territorio de la formación ciudadana, del desarrollo de un pensamiento crítico. Ahí puede haber parte de las respuestas al porqué de esta iniciativa, pero la verdad es que es bien difícil llegar a comprobar una cuestión así, advierte el académico.


Creo que hay que decirlo: esta iniciativa es una manifestación de la pobreza en el plano de las ideas, que no buscan solucionar un problema de raíz. Es cierto, no es posible hacer una evaluación a priori, pero a primera vista, no parece una buena idea. Y me hago otra pequeña pregunta, que hasta me parece algo ingenua: si seguimos así, ¿se suprimirá en el futuro la PSU de Historia? Quién sabe. Lo que tengo más o menos claro es que la Historia es una materia que nos permite entender de mejor manera nuestro presente. Esto recién comienza y habrá que ir analizando como se va desarrollando este interesante conflicto. Es así como, al menos por ahora, prefiero quedarme con algunas palabras expresadas por José Miguel Barros, presidente de la Academia Chilena de Historia: quien desconoce el pasado, es evidente que no puede resolver bien sobre el futuro13.


1. Ver enlace.
2. Ver enlace.
3. “La misión del Consejo Nacional de Educación se orienta a cautelar y promover, de manera prioritaria, la calidad de la educación. Desarrolla sus funciones en el marco del Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad de a Educación Escolar y del Sistema de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior”. Ver enlace.
4. Ver enlace.
5. Ver enlace.
6. Sólo por nombrar algunos pocos factores importantes.
7. Ver enlace.
8. Ver revista ‘The Clinic’ papel del jueves 25 de noviembre del presente año. Pág. 30.
9. Ver enlace.
10. Ver enlace.
11. La carta puede ser descargada aquí.
12. Ver enlace.
13. Ver enlace.
Autor:
Miguel Ángel Negrón Oyarzo
Periodista, Universidad Austral de Chile
Programa de Magíster en Comunicación, Universidad Austral de Chile